Los niños del 50

Los Niños del 50

Somos un grupo de personas autodenominado Los Niños del 50…en Plaza Jewell

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Nos reunimos en Plaza al menos una vez al año. Grupo exclusivo, elegimos la sala VIP para reunirnos, la que conocíamos como la Sala de Bridge.

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Algunos somos socios y frecuentamos el Club, otros ya no lo son, todos llevamos a Plaza en el corazón. Algunos venimos desde muy lejos para no estar ausentes en nuestro encuentro anual. El feliz primer reencuentro se produjo en 2010.

Tenemos una característica común, todos teníamos unos diez años de edad en el final de la década de 1950 e inicio de la siguiente.

Y ese recuerdo nos une hoy y celebramos la amistad surgida en Plaza Jewell en aquella época.

Un Plaza Jewell a nuestros ojos único, el mejor en nuestras vidas en una edad en que los temores van quedando de lado y, en grupo, nos animábamos a vivir plenamente esa libertad controlada pero plena en un contexto que ofrecía miles de oportunidades. Nuestra edad dorada.

En homenaje a los 150 años de Plaza Jewell deseamos referirles algunas facetas del Club de entonces, visto desde nuestro punto de vista, nuestra memoria y nuestras emociones.

Toda la actividad deportiva era en Pasaje Gould, y la cancha se compartía, los sábados entre el hockey y el football. Domingo por medio el rugby. En verano se preservaba para jugar al cricket. Algunos mayores jugaban a las bochas inglesas en la cancha de bowls con césped inmaculado. El tennis nos veía a algunos con una raqueta en la mano y participábamos de los inter clubes

La parte recreativa de la pileta se terminaba para menores a las 18. No nos quedaba más remedio que el integrar los equipos de natación y quedarnos entrenando en el andarivel que se ponía a esa hora. Luego los más grandes jugaban al waterpolo. Ya se jugaba a la negra (popa acuática) y la piletita de los niños acababa de hacerse.

Todos practicábamos, a lo largo del año, todos los deportes. Aunque no había mucha actividad organizada para los niños.

Plaza Jewell, al igual que ahora, era una gran familia de familias. Entonces era una familia menos numerosa de familias. Eso hacía que los grupos de chicos y chicas hacíamos más o menos la misma actividad.

Había dos poblaciones infantiles. La de aquellos que vivíamos cerca del Club para quienes éste era nuestro jardín y dominio de travesuras permanente durante todos los días de la semana. El otro grupo era el de los que venían los sábados y domingos, tempranito después de almorzar en sus casas. Inmediatamente se conformaba un solo grupo, unidos y felices de compartir.

Había, eso sí, entre nosotros y a esa edad una pequeña gran diferencia. Estaban las niñas cuyo ámbito era más bien la terracita y el salón. Y los varones cuanto más alejados mejor. Nuestro dominio eran las hamacas y un trapecio en la esquina de Crespo y Burmeister. Para todos estaban los árboles para treparse, ya por entonces añosos y la terraza. Y un tiempito después se creó la piecita de ping pong al fondo del salón.

En aquella época los menores no podían ingresar al bar.

Las madres jugaban a la canasta, a la loba y algunas al bridge en el salón. Hacían un té-canasta una vez al año para juntar fondos y viajar a jugar al hockey a Bs As.

Nos mandaban a jugar afuera, sobre todo a la tardecita cuando las actividades de campo terminaban y aún no era hora de volver a casa.

Una vez merendado, enseguida afuera. La terracita, bordeada de ligustros era nuestro ámbito, jugando a la escondida o a la estatua y a muchísimas otros juegos infantiles.

En invierno esas horas afuera se prolongaban y hacía frio, la hora de volver a casa, pasada las 19, no cambiaba. Las niñas eran aceptadas en el salón, se sabían ubicar y comportarse no molestando. Los varones éramos otra cosa y nos hacían ir a jugar afuera, en el frío.

Fue entonces que ocurrió un evento significativo para nosotros. No recordamos cómo surgió la idea, el hecho es que los varones creamos un club dentro del propio Club. Sería que por el frío pedimos alojarnos en algún lugar donde no molestáramos.

La Comisión Directiva que integraban algunos de nuestros padres, apoyó la iniciativa y hasta se puso a nuestra disposición un local que “era nuestro” (una pieza al lado de la pileta). Sánchez y Catalano, capataz y canchero de entonces, pintaron el local y trajeron unas mesas y sillas, nosotros llevamos revistas y juegos de salón. Nuestro reducto.

Los miembros de la Comisión Directiva nos visitaban y nos alentaron a dar una organización institucional al Club. Así el Sr Krafchick, por entonces vocal, nos enseñó a tener un libro de actas, fijar principios rectores, organizar la elección de un presidente y comisión directiva.

Así nació ese club. Y Marcelito Cavallo de pocos meses de edad fue adoptado como mascota.

Por unanimidad se decidió entre otras cosas el aislarse de la niñas, las niñas no tendrían cabida.

Casi al mismo tiempo Ellas tomaron posesión de la nueva salita de ping pong y entonces surgían fuertes disputas por la mesa, paletas y pelotita. Muy pronto supimos que debíamos ir cuando algunas de ellas no merodeaban por ahí.

Necesitábamos un nombre para la Institución y por unanimidad se eligió el de Cascotito Football Club.

Ni se nos ocurrió la secesión a punto que no elegimos colores. De hacerlo hubieran sido los de Plaza, Claret y Celeste. Eso sí, decoramos la sala con un cascotito atado a un hilo colgado de un clavo al lado de la puerta.

Así transcurrieron nuestros años de post infancia, intercambio de revistas, juegos e interminables charlas. Disputas y peleas. Hasta había un diario editado por dos de nosotros. Algunos cumpleaños se festejaron ahí. Entonces podían entrar las chicas.

Poco a poco entramos en pre adolescencia, las chicas dejaron de ser algo a mantener lejos, comenzaron los “asaltos” y nuestros intereses fueron otros.

Además ya se habían creado divisiones infantiles en rugby con torneos oficiales, y las chicas fueron cooptadas por actividades relacionadas al hockey.

El Cascotito se diluyó lentamente y se durmió en nuestra memoria. Habrán sido unos cuatro o cinco años, pero marcaron a toda una generación. La nuestra del 50.

Hoy nuestras reuniones están plenas de añoranzas, son avalanchas de emociones y recuerdos. Y aparecen las fotos.

En esta, frente a la misma vitrina de la foto del principio, estamos en el festejo de un cumpleaños. Algunos ya no están, el cariño sigue intacto y nos une.

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